viernes, 15 de abril de 2016

Superheroínas

Hace unas semanas se cumplió el aniversario de Orlando y no sabía qué hacer para celebrarlo. Si soy sincero, estoy nervioso porque hace poco también hice la corrección definitiva de la segunda parte y estoy a destajo con la tercera. Tanto trabajo me ha hecho pensar mucho en el personaje y en cómo lo construí, cosa que me pasa a menudo cuando veo series o películas para coger material de apoyo y hacer comparaciones. La última vez que me puse a reflexionar sobre Orlando fue al devorar los primeros capítulos de Jessica Jones, aunque los personajes tienen un tratamiento muy distinto.

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Y ayer el momento de reflexión llegó a su culmen cuando asistí a una charla en La casa encendida sobre feminismo y cultura pop, donde hubo un apartado dedicado a las superheroínas, donde se habló de Wonder Woman, Supergirl, Spidergirl, Jessica Jones, etc.

Un tema interesante que se trató en la charla fue que las superheroínas, en la actualidad, son el reflejo de un sistema donde ya hay un arquetipo de personaje diseñado para superhéroes, con sus diversas particularidades obviamente, y que se traslada tal cual a las superheroínas. Esto, que en teoría no tiene que ser malo, se convierte en un problema cuando se construye personajes femeninos a partir de un arquetipo de personaje que representa un sistema de pensamiento opresor.

El espíritu reivindicativo lo he dejado hoy en casa y animo a que la gente reflexione sobre sus personajes favoritos, porque ahora no me apetece señalar con el dedo. Sin embargo, me gustaría reflexionar sobre un tema que surgió a raíz de mencionar la serie de Jessica Jones. Una chica dijo que Jessica Jones era un buen ejemplo de personaje femenino fuerte que no necesita a nadie a pesar de que, paradójicamente, en su serie de cómic hubiera quedado relegada al papel de madre y ama de casa. En ese punto, la conferenciante mencionó que una de las cosas que no le gustaban de Jessica Jones era que su carácter se debía a que había pasado una especie de trauma. Si no hubiera tenido ese pasado doloroso, Jessica Jones hubiera sido un personaje totalmente diferente, y de nuevo se ciñó a los cómics.

Sin entrar en polémicas sobre Jessica Jones, sobre todo porque me falta ver el final de la serie, estuve pensando sobre ese problema porque es algo que me sucede a menudo con Orlando, la gente va enseguida a buscar las motivaciones de su carácter y las razones de sus acciones. Ayer se dijo que muchos personajes femeninos deben explicar su comportamiento si este se sale de la norma, algo que no suele suceder con los masculinos, donde hay más diversidad. De nuevo, no voy a señalar con el dedo para decir dónde está el problema. Hoy estoy poco combativo. Solo voy a comentar mi método para desarrollar personajes.

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Cuando quiero hacer un personaje consistente siempre tengo en cuanta tres factores para desarrollar su psicología: uno de ellos es la base, los rasgos de personalidad que le han tocado a la hora de nacer; otro, los rasgos que ha ido formando a partir de sus experiencias vitales. El último de ellos son sus decisiones, influidas por su código moral, que es el aspecto que más me apasiona trabajar. Como se puede ver, solo uso la lógica en un 33% a la hora de desarrollar un personaje, si queremos ponernos científicos. Lo demás es irracional, porque creo que los seres humanos somos pura emoción.

A veces me pregunto qué tipo de personaje es Orlando y si debo cuadrarlo dentro de los superhéroes o de las superheroínas. Aunque lo que más me intriga es por qué queremos aplicar a cierto tipo de personajes un análisis completamente racional.

martes, 12 de abril de 2016

Doktor Faustus. Cómo mirar al diablo a la cara

Sé que llevo mucho tiempo desaparecido. Los estudios son lo peor de lo peor, pero, después de asistir a una charla sobre el uso que se hace de las redes sociales, llegué a la conclusión de que este es mi blog. Debo cuidarlo. Si no lo hago yo, nadie más lo hará. Y pongo a Dios por testigo de que buscaré la manera de darle un diseño decente. Pero tiempo al tiempo.

Hablando de Dios, he de decir que desde hace unos meses estoy leyendo distintas versiones del mito de Fausto e investigando sobre el tema para mi trabajo de fin de máster. Y me encontré con un libro que recrea la historia del doctor maldito, adaptándola a la perfección a la historia de Europa de principios del siglo XX, pero que por desgracia también sirve para hoy en día. Estoy hablando del Doktor Faustus, de Thomas Mann


Todos hemos oído hablar de Fausto en mayor o menor medida. Basado en un personaje histórico de principios de la Edad Moderna, el mito de Fausto habla de un erudito que, por una serie de motivos, solo puede satisfacer los deseos de su alma acudiendo al Diablo, que le concede un determinado período de tiempo en el que colmará todos sus deseos. Pasado ese tiempo, el alma de Fausto irá al Infierno para pagar su deuda con el Maligno.

El Fausto más famoso es el de Goethe, pero antes de él hubo muchísimos más. Para que después digan que uno de los valores más importantes de una obra es su originalidad. En fin, después de Goethe, hubo muchos más versiones del Fausto y en 1947 se publicó la de Thomas Mann, Doktor Faustus, escrita durante la Segunda Guerra Mundial.


En esta novela, el mito de Fausto es utilizado para reflexionar sobre la postura y responsabilidad de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial y Doktor Faustus es una lectura obligada para quien quiera ver la guerra desde el punto de vista alemán. Pero que nadie se espere encontrar una historia donde Hitler y el partido nazi tengan especial relevancia. De hecho, en ningún momento se les nombra directamente si no recuerdo mal. Sin embargo, el pensamiento que llevó al auge del nazismo y a la SGM está bastante presente, reflejado sobre todo en la vida del protagonista, el Fausto de Thomas Mann, el genial músico Adrian Leverkühn.


También hay una película de la historia, aunque no he tenido el placer de verla

Doktor Faustus es una novela difícil. No solo por los enormes pasajes donde se habla de música con un vocabulario muy específico, sino también por la gran cantidad de matices que encierra la obra. Esta novela muestra intencionadamente a una pequeña parte de la sociedad alemana. No se fijó en las clases humildes, cuyo apoyo al partido nazi durante los 30 es más fácil de comprender debido a la enorme crisis económica, sino en las élites culturales y en la clase acomodada, donde está presente ese espíritu alemán que llevó a la condena del país. Un espíritu ambicioso que también compartía Fausto y que fue el motivo por el que el doctor hizo el pacto con el diablo. Supongo que para Thomas Mann escribir esta novela no fue fácil porque es una manera de mirar al horror a la cara y ver de dónde procede. Es significativo uno de los últimos pasajes de la novela, donde el narrador que cuenta la vida de Adrian Leverkühn menciona cómo los aliados obligaron a la población civil a mirar directamente los campos de concentración, recriminándoles que hubieran permitido su existencia. Al escribir esta obra, Thomas Mann tuvo que mirar su campo de concentración particular, Alemania, y aceptar que su país había hecho su propio pacto con el diablo, pidiéndole tiempo para llevar a cabo sus ambiciones y entregando su alma al Infierno cuando llegó la hora.

No me gusta mucho hablar de política porque siento que, diga lo que diga, a veces también soy cómplice silencioso de ciertas cosas, pero tengo que decir que tras leer este libro y ver las noticias, siento que la Europa actual encajaría con la Alemania que retrató Mann. Por un poco de tiempo va a condenarse.

Sinceramente, recomiendo mucho este libro aunque su lectura no sea fácil, como ya dije. Doktor Faustus trata muchos temas, como el arte, la historia, el amor, la amistad, la soberbia... Todo ello aplicándolo siempre al caso alemán y al contexto histórico de la obra, aunque hay reflexiones que son imperecederas. Cuando se dice que leer clásicos es importante porque dejan huella, se refieren siempre a libros como este.


Creo que, salvo contadas excepciones, dejaré de hacer reseñas al estilo de otros blogs y haré reflexiones como estas. No sé si el cambio será para mejor, pero a mí me gusta.