martes, 3 de marzo de 2015

Editores, ese gran desconocido.

Voy a tener que retrasar mi reseña comparando 1984 y 1938 porque se me ha acumulado una montaña de lecturas pendientes, todas ellas distopías. Seguramente en un mes tendré que leerme unas cuantas novelas de Julio Verne o ver algunas películas Disney para volver a tener un poco de fe en la humanidad. Sin embargo, en está entrada no voy a hablar de rollos filosóficos sobre el mundo que nos ha tocado vivir, sino sobre una figura cuyo trabajo, en mi opinión, no recibe la atención que se merece.

Estoy hablando del editor.

La primera vez que pensé en el editor fue con la película Medianoche en París, donde aparece Gertrude Stein, que no era una editora, sino una especie de mecenas, también artista, a la que el protagonista de la película le pide que eche un vistazo al borrador de la novela que está escribiendo.


La película me gustó y estuve varias semanas pensando sobre ese ambiente cultural del París de los 20, donde los artistas podían poner en común sus ideas para mejorarlas. Empecé a pensar en los editores como gente que puede ayudar a publicar una novela poniendo el dinero y también puliéndola. Antes, pensaba en el editor como el personaje que se dedicaba a dar el visto bueno a los manuscritos, a veces de forma arbitraria.

Se puede decir que he crecido. Mi visión ha cambiado. La realidad es mucho más compleja de lo que parece en un primer momento y el editor es un elemento que tiene una vital importancia dentro del mundo literario. Nadie es perfecto (bueno, habrá alguien que esté a punto de serlo) y siempre es bueno contar con opiniones diversas a la hora de escribir que, además, ayuden a enfocar el trabajo final.

En mi caso, debo decir que he tenido mucha suerte. Siempre había pedido opiniones después de acabar mis manuscritos y hace unos meses tuve la oportunidad de poder hacer uno contando con ayuda mientras lo escribía. Tenía a un editor dándome consejos, hablándome de cómo él entendía el género con el que me estaba atreviendo y ofreciéndome truquillos y el punto de vista del lector. Y ciertamente ha sido una experiencia muy enriquecedora. También aterradora, porque vi lo poco que hace falta para que una obra cambie de manera abismal, y tengo como mínimo unas cuatro novelas en el cajón que quiero retocar.

Después de ver Medianoche en París, pensé que no podría vivir ese mundillo de los años 20, que está idealizado; no voy a negarlo. Sin embargo, me he dado cuenta de que hay que moverse, y tener un poco de suerte también, para encontrar a gente que esté dispuesta a realizar la labor del editor, en su vertiente de dar forma a la novela. Nadie es perfecto; vuelvo a repetirlo. No obstante, hay menos margen de error en un trabajo si en su realización participan dos personas en vez de una.

Para acabar, me gustaría mencionar otra vez la labor de Pulpture. Puedo parecer pelota. Seguramente haya alguien que piense que no puedo ser objetivo, pero me da igual. La labor que están haciendo hasta ahora me parece increíble. Su intención es acompañar a los escritores noveles en sus primeros pasos y aprender, y no hay objetivo mejor que ese. Por eso me gustaría dar las gracias a Julio M. Freixa, la persona que me acompañó en la creación de mi Orlando, y a Jorge Plana y Cris Miguel, que están luchando contra viento y marea para sacar una editorial adelante, no publicando libros para venderlos a espuertas, sino ayudando a crecer a los escritores que forman parte de ella.

Hasta aquí llega mi entrada de hoy. Esta semana seguiré filosófico porque quiero empezar a estudiar, así que me pondré a subir reflexiones sobre los apuntes.

Si puedo, el viernes subiré una entrada sobre la cuestión del gusto en literatura.